martes, 17 de febrero de 2009

Dos viejos por el río

Y el río por el que llegaron a Tui desde Lugo, como no podía ser menos, fue el Miño.
La idea, seguramente, se remonta a algo que subyace en mi memoria. Fue en 1965 cuando aquellos dos hombres que cumplían 50 años, bajaron por el mismo río desde no sé dónde. Se llamaban Pepe “El Curiña” y Venancio López. Mi padre preparó una fiesta. Mi padre era muy amante del buen comer y de juntar a la gente. Entonces se comía muy bien en las fiestas y en las fiestas se juntaba la gente.
Veo una fotografía con las personas que asistieron a aquella celebración. Está allí el inventor del bolígrafo o el hijo de la inventora, no me acuerdo muy bien. Pero sí me acuerdo que se decía que ganaba millones por minuto. Pepe, El Curiña,” también el Becasina (era muy aficionado a la caza de esta ave que vuela en zigzag), me dijo: “che, dile que te regalo un par de minutos”. No me atreví, quizá me hubiera bastado con un segundo.
En todo esto pensaba yo, al borde de los 70, con otro compañero, más o menos de la misma edad, cuando nos disponíamos a bajar en una pequeña lancha de goma del tamaño de una bañera, desde Lugo hasta Tui, Miño abajo. Padre Miño abajo, como dicen los muy patriotas….
La víspera, en el Balneario de Lugo, los dos sesentones largos, nos preparamos como lo harían los gladiadores de Lucus Augusto, allí en las termas romanas, donde, días atrás, otra tudense, Silvia González, la historiadora de los ojos hermosos, había velado para que no se pierda aquella joya histórica que Antonio Garaloces Paz, director del centro, cuida con esmero.
Nosotros aquel día hicimos el “recorrido” del balneario: chorro de agua, calderazos, saunas, piscinas…Así, acicalados y limpios como patenas, atendimos a la prensa lucense y le contamos que uno era de la antigua provincia de Mondoñedo y otro, yo, de la de Tui, añadiendo, por mi parte que mi ciudad es la más hermosa y que se mira en el Miño .Los dos dijimos que íbamos a venir por el río abajo porque nos gustaba. Como la chica reportera lo dudara y quería otro porqué, le inventamos, sobre la marcha, que queríamos reivindicar el derecho al deporte de riesgo para la tercera edad. Y yo le hablé de la vieja historia y recordé, quizás por primera vez de manera consciente, el viaje de Vicente López y Pepe Curiña.
El fotógrafo del periódico nos hizo las fotos de rigor. Mi compañero de aventura dijo después que nos miró con pena. No supo o no quiso distinguir si la pena era por el peligro que se suponía íbamos a pasar o por nuestra anciana ingenuidad.
Nunca se publicaron ni las fotos y ni los reportajes. Yo creo que siguen en el cajón de la mesa del director esperando confirmación de la catastrofe para documentar después la noticia. Los periodistas… “ya se sabe cómo guardan las cosas para los anuncios de las tragedias”.
Y empezó la bajada. Otros viejos, más sensatos que nosotros, nos dijeron adiós en el porche del balneario. Pronto apareció el primer caneiro. Para pasarlo bajamos el equipaje, después la balsa, y así estuvimos aquel largo día de la noche de San Juan de 2006, saltando como ranas de caneiro en caneiro, agotados y maldiciendo un poco nuestra idea.
Un embalse para un gran molino fue aún mucho más complicado. Hubo que entrar por la tomada (¡qué palabra más hermosa!) que es el canal que lleva agua a la rueda que mueve el molino. Ví mientras lo hacíamos que llegaba una pareja muy amartelada y les pedí ayuda. Demasiado amartelados para vernos y oírnos o, quizás, aparentaron que no nos oían, pero en cualquier caso no nos hicieron caso. Al fin con notable esfuerzo sorteamos aquél caneiro. Poco después vimos a la anterior pareja en una significativa postura encima de un peñasco. Sin perder postura ni movimientos nos preguntaron a dónde íbamos. Cuando le dijimos que a Tui, el que estaba encima se río mientras nos gritaba que él era de Porriño. Estaba radiante el joven. Le expliqué que yo nací allí. Tampoco lo creyó. Y seguimos río abajo remando a veces sobre plantas que alfombraban el agua y entre cantos de mirlos, y patos que huían desesperados por nuestra intromisión en sus vidas. Al porriñés, conste, no le había importado nada. Los nacidos en la industriosa villa somos muy de lo que estamos haciendo.
De caneiro en caneiro, por el río entre muros que habían hecho los hombres para cuidar sus cauces, cuando las personas miraban al río y por el río, porque por él llegaban muchas veces los alimentos, de ahí las pesqueras y los embalses pequeños que elevaban el agua para regar los cultivos. Gracias al río, al agua, a las pesqueras, a los campos regados y a mucha resistencia al hambre de nuestros antepasados, andamos por aquí abajo (en este valle de lágrimas, dicen) nosotros.
Y llegamos a Santa Andrea. Pasamos ciudades y pueblos, pero aquella noche de Santa Andrea fue muy especial. El pueblo estaba en silencio, parecía que sin gente. Pero sí la había. Estaban en la plaza todos juntos esperando el alba y rememorando, mientras bebían, comían lo que en el mismo sitio cocinaban en la lumbre que también alumbraba la noche más corta. Era San Juan y todo el pueblo lo celebraba. Nos invitaron pero no quisimos perturbar su momento.
Nosotros aquella noche dormimos en la orilla izquierda entre juncos mientras cantaban ruiseñores y en casi toda Europa se celebraba, desde milenios quizás, el fin del día más largo del año.
Río abajo, ya por el embalse de Belesar, llegamos hasta Portomarín. Una japonesa que hacía el Camino de Santiago nos dijo buenos días. Cuando le quisimos hablar nos dimos cuenta que era lo único que sabía en español. Yo estaba tan cansado que me alegré no tener que hablar más y pensé que no resistiría todo el trayecto. El pulpo de no sé qué restaurante me devolvió la moral.
En Belesar nos esperaba el enlace para bajarnos a la continuación del río. Y otra vez navegar. Recordé el poema de Alberti: a galopar, a galopar hasta la orilla del mar……hasta mi ciudad, pensé
Cuando llegamos a Ourense, volvimos a ser hombres ante la ley porque la Policía Local nos pidió la documentación. Y nosotros que veníamos y estábamos “haciendo una hazaña” teníamos todos los papeles del barquito en regla, pero (sin saberlo) caducados (tampoco lo sabrán nunca los uniformados, porque no se dieron cuenta). Pasamos la ciudad mientras cientos de orensanos tomaban el sol a orillas del Miño (tampoco nosotros sabremos nunca que pensaron de aquellos dos ancianos, si es que pensaron algo) y llegamos a la presa de Castrelo, la que hizo inundarse la mejor tierra de Galicia.
Al día siguiente entramos por el Avia al Miño. Rivadavia, la villa que fue de nuestra provincia, estaba iluminada por el sol. Y recorrimos ya todo el embalse de Frieira. En ambas orillas habíamos dejado muchos viñedos atrás. Los más hermosos fueron los de Chantada, Taboada, Belesar que increíblemente han recuperado todo el verdor que da la vid y que parecía muerto para siempre. Para los que sentimos el campo, y creímos perdidos para siempre aquellos bancales cultivados, es reconfortante ver el “milagro”.
Un amigo nos subió hasta La Cañiza para almorzar. También para beber lo que se produce de lo que sale de la uva de las laderas.

Quizás por la bebida no nos pareció difícil el camino. Perdón, el río, que a su paso por Arbo dicen que es muy peligroso. El buen vino quita penas y envalentona los espíritus ( Elena Salgado que tiene razón me perdone). Entre Arbo y Melgazo, Salvatierra y Moncao, galopando, perdón, navegando, el Miño que nos traía, también nos enseñaba paisajes más conocidos, más nuestros, más de nuestra intimidad.

Aquel atardecer, después de varias noches y sus días en el río, indocumentados, apareció en la colina y reflejándose en el agua que nos traía, Tui, mi ciudad, “A FERMOSA DA TURONIA”. Meixon aparte. Pongan Vds., si quieren, un palabrón para reafirmar mi callada maldición del eslogan: Tui, capital do meixon.

Recordé mis tristezas, hace ya mucho tiempo, por la lejanía física de aquellas casas que se desparraman por la ladera y por las gentes que las llenan. El pueblo de mi ciudad vive en una colina, solía escribir en mis años mozos. A esa ciudad desde muy lejos llegué por el río

Al día siguiente nació mi nieta Laura. Permítanme Vds. que le dedique este escrito. Es la única que tengo. Y el viaje fue muy bonito.
Demasiado largo para el espacio que tengo en el papel para contarlo. Demasiado breve para hacerlo con los documentos caducados. Indocumentados, por lo tanto.

1 comentario:

Beato Darzádegos dijo...

Bos días amicus:
Una muy buena odisea. me gustó tanto que imaginé cada uno de los tramos, los cuales conozco.
Temerarios sí, pero con el control en las manos de saber hasta qué punto uno arriesga. Lo importante es haberlo compartido, en el viaje, y, ahora, con nosotros.
De epopeya, grumete Popeye. Heráclita aventura con unos papeles que, sin perderlos, nunca volverán a ser los mismos.
¿Indocumentado es lo mismo que ilegal qué cruza fronteras aguadas?
Breves saludos.
Deica logo amicus.